Levantarte por la mañana y seguir sintiendo esa sensación de vacío, ese vacío que dejó y creíste que nunca nadie podría volver a ocupar. Ilusionarte día tras día con historias que no llegan a nada y maldecir el día en que la perfección acabó. Pensar en él y solo poder decirle GRACIAS, por enseñarme a valorar lo que tengo.
No vivo buscando la felicidad, la encuentro cada día en la sonrisa que me dedica el chico del metro que sube en la tercera parada, en las conversaciones absurdas que tengo contigo y ayudan a que el día se haga más llevadero. La encuentro en esas tonterías que nos hacen revivir los días de primaria, en las largas conversaciones nocturnas que se prolongan hasta que la batería lo permite. La encuentro en el frío que cala los huesos y prevee la llegada del invierno y de las tardes de manta y pelis en el sofá, en los recuerdos de días inolvidables, en las tardes con miles de cosas que hacer en las que decides no hacer nada.
Incluso en los días empañados por las lágrimas, la encuentro en aquellos momentos en los que me hiciste alcanzar niveles de felicidad tan desconocidos que ahora recuerdo con añoranza.

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